martes, 6 de agosto de 2013

60 años de "La Sal de la Tierra" (editorial de La Republica)

En tren de descifrar los aniversarios que el 2013 convoca, parece oportuno recordar los sesenta años de la filmación de “La sal de la Tierra”, iniciada en enero de 1953, y que rápidamente fuera denunciada como una iniciativa de los “rojos” sobre el tema “racial”. La película, sin embargo, sorteando todo tipo de obstáculos pasó a la historia como un notable ejemplo de cine social americano. El interés de evocar el filme radica no solo por su valor artístico, sino por las especiales circunstancias que rodearon su realización y por el destino de sus hacedores, sometidos a la inquisitoria del macartismo. Luego de sufrir todo tipo de interferencias, se estrenó en un cine de barrio de Nueva York en marzo de 1954 y posteriormente fue prohibida su exhibición en Estados Unidos.
Película “maldita” del cine americano, recrea un hecho histórico, una huelga minera en Nuevo México, ocurrida entre 1951 y 1952 cuyo desencadenante fue el reclamo por mejores condiciones de trabajo. No quedó al margen del tratamiento fílmico la discriminación salarial de que eran objeto los trabajadores mexicanos respecto de los americanos (lo que motivó que se la acusara de promover el “odio racial”) y la discriminación de género, pese a que son las mujeres las que finalmente salvan el piquete cuando se prohíbe a los trabajadores huelguistas su continuación.
La película es un verdadero recorrido por el proceso que lleva a declarar la huelga y a mantenerla pese a los avatares de la rigurosidad del patrón, la violencia “institucional” de la autoridad y las presiones económicas para desactivar la medida sindical.
El rodaje no fue sencillo. Alertados los mecanismos de poder de la industria del cine, operaron rápidamente: una campaña de descrédito prohijada por la prensa y unas coacciones asfixiantes provenientes del sindicato de actores y del FBI, la CIA y el Comité de Actividades Antiamericanas obstaculizaron el progreso fílmico y condujeron a que desistieran del proyecto técnicos y actores, contando solamente con el apoyo de vecinos y los propios mineros protagonistas reales del relato, en una síntesis de realidad y ficción pocas veces vista en el cine.
El hostigamiento fue consecuencia del contexto político de la guerra fría, marcado fuertemente en EEUU por la llamada “caza de brujas” liderada por el senado Joseph McCarthy y ejecutada por el Comité de Actividades Antiamericanas. El sistema impuesto comportó la persecución ideológica de militantes comunistas primero, y luego de meros e insospechados simpatizantes del New Deal de Roosevelt. Entre las más connotadas víctimas se encontraron un grupo de intelectuales y artistas denominados los “Diez de Hollywood”, entre los que figuraba justamente Herbert J. Biberman (1900 – 1971), director de “La sal de la Tierra”, que había sufrido la cárcel a fines de los años cuarenta. Fue inútil ensayar una defensa fundada en la Primera Enmienda de la Constitución americana, que proclama la libertad de expresión: el fanatismo pudo más. El director no tomó el camino de otro notable de Hollywood, Elia Kazan, que terminó siendo un indigno delator para hacerse perdonar por su pasado sospechoso y volver a la vida laboral y cívica.
La épica de la filmación corre paralela a la épica de lo representado. La proscripción recayó sobre muchos de los colaboradores de “La sal de la Tierra”, algunos de los cuales ya figuraban en las listas negras. Los actores profesionales no fueron muchos, y la representación estuvo a cargo mayormente de los propios trabajadores de la mina, lo que le dio al filme un aire semi-documental y lo emparentó al neorrealismo italiano. El papel protagónico hubo de asumirlo un auténtico líder sindical, Juan Chacón (Ramón Quintero en la ficción), y también tomó parte Clinton Jenks, uno de los inspiradores del filme, un notorio activista del sindicato minero. La actriz mexicana Rosaura Revueltas (co protagonista como mujer del dirigente sindical y relatora del filme) fue expulsada de EEUU durante el rodaje, acusada de inmigración ilegal. Hubo de acudirse a un doblaje y se cuenta que desde México puso su voz en sesiones clandestinas. El compositor Sol Kaplan logró reunir una orquesta y ejecutar la música, pero a condición de que no se supiera para qué película se trabajaba; el asistente de dirección no aparece en los créditos y Michael Wilson, el guionista, seguiría trabajando pero ocultando su identidad, pese a haber obtenido un Oscar en 1951 por “Ambiciones que matan”. Los laboratorios se negaron a procesar la película y el productor Paul Jarrico etiquetó las latas de celuloide con otros títulos y consiguió procesarlas en distintos sitios.
Peor le fue a Biberman, el director, que piloteó la filmación en condiciones de precariedad y riesgo y no pudo volver a la actividad hasta fines de la década del sesenta.
Richard Nixon era miembro del Comité de Actividades Antiamericanas, y la Alianza Cinematográfica por la Preservación de los Ideales Americanos estaba integrada, entre otros, por los vaqueros Ronald Reagan y John Wayne. Walt Disney y Gary Cooper defendieron el régimen represor con fervor patriótico. Dios los cría.

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