domingo, 4 de diciembre de 2016

El Poder Directivo del Empleador en relatos de Kafka y Melville


Los siguientes son fragmentos de “El Poder Directivo del Empleador en tres relatos clásicos”, ensayo publicado en la colección Cuadernillos de la Fundación Electra, entidad fundada por el prof. Héctor – Hugo Barbagelata sobre la cual ya hemos informado en este sitio.

La Metamorfosis de Kafka y la internalización del control

Franz Kafka, uno de los autores más influyentes y singulares del siglo XX, nació en Praga en 1883 y murió en Viena en 1924.

El último de los relatos utilizados en este ensayo es justamente el más conocido de Kafka, un escritor muy  recurrido por los estudiosos del vinculo del derecho con la literatura, fundamentalmente por su novela “El Proceso”, de la cual hay una versión cinematográfica ejemplar de Orson Welles (1963).

“La Metamorfosis”  fue escrito en 1912 y publicado en 1916 y constituye un verdadero clásico de la literatura, pródigo en interpretaciones y precursor en más de un sentido. La genial desobediencia de Max Brod, el albacea literario de Kafka, hizo que la obra en su conjunto se salvara de la decisión de eliminación que había dictado antes de su muerte, afirmación que se ha puesto en entredicho de manera original[1].

El inicio del relato figura entre los más célebres y no es ésta la ocasión de omitirlo:

“Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto”.

Sumergidos en la pesadilla del protagonista, y pese a lo extraordinario de la situación, es llamativo que en las primeras treinta páginas la preocupación prevalente de Gregorio Samsa sea cómo concurrir al trabajo para que no se entienda su defección como una falta laboral.

Las apelaciones al deber y a la sujeción al poder del empleador son continuas. A poco de despertar, la primera explicación que Samsa da a la transformación que ha sido objeto es atribuida  al cansancio que le genera su tarea de vendedor de comercio:

“Ay Dios” se dijo entonces, “¡que cansada es la profesión que he elegido! Un día sí y otro también de viaje. La preocupación de los negocios es mucho mayor cuando se trabaja fuera que cuando se trabaja en el mismo almacén”. Se compara con otros vendedores que a media mañana se encuentran sentados en la fonda, tomando su desayuno:

“Si yo con el jefe que tengo, quisiese hacer lo mismo, me vería en el acto de patitas en la calle”.

Pese a las dificultades que tiene para moverse e incorporarse, dado que se “encontraba echado sobre el duro caparazón de su espalda” repara una y otra vez en el transcurso del tiempo y en cómo ha perdido ya el tren de las cinco y cómo puede tomar el de las siete.

El desasosiego por no llegar tarde al trabajo aparece de nuevo:

“Además, aunque alcanzare el tren, no por ello evitaría la filípica del amo, pues el mozo del almacén, que habría bajado del tren a las cinco, debía de haber dado ya cuenta de su falta. Era el tal mozo una hechura del amo, sin dignidad ni consideración”.

Si diera parte de enfermo, la empresa le enviaría el médico certificador, “para quien todos los hombres están siempre sanos y sólo padecen de horror al trabajo”.

Resulta patético el siguiente pasaje, que revela por un lado la insistente preocupación por concurrir al trabajo y por otro lado, sin solución de continuidad, describe las vicisitudes  de acomodarse a su nueva condición de insecto puesto patas arriba en la cama:

“pero poco a poco, pensó: “antes de que den las siete y cuarto es indispensable que me haya levantado. Sin contar que, entretanto, vendrá seguramente alguien del almacén a preguntar por mí, pues allí abren antes de las siete”

Y a renglón seguido se dice:

“Y se dispuso a salir de la cama balanceándose cuan largo era. Dejándose caer en esta forma, la cabeza, que tenía el firme propósito de mantener enérgicamente erguida, saldría probablemente sin daño ninguno. La espalda parecía tener resistencia bastante: nada le pasaría al dar con ella en la alfombra”.

No debe existir seguramente en la literatura un pasaje tan elocuente que deje entrever la urdimbre del poder del empleador y la internalización del control y el deber más que en esta contraposición que obvia lo extraordinario para cumplir con lo cotidiano de una manera urgente.

Kafka ha recurrido en otras ocasiones a resaltar la rutina del poder/deber que presenta tal entidad que deja en un cono de sombra las situaciones verdaderamente excepcionales que viven sus personajes.

Así en “El Proceso”, Josef K. al despertar se encuentra con que dos funcionarios han venido a arrestarle por razones ignotas  que no están autorizados a poner en su conocimiento.  Uno de ellos ha penetrado en su dormitorio, y el otro permanecía en  una habitación contigua, “sentado junto a la ventana abierta, leyendo un libro, del que ahora apartó la mirada”. Sin embargo, a Josef K. solo le llama la atención el hecho que la Sra Grubach, la cocinera, no le hubiera alcanzado el desayuno a las ocho:

“¡Esto sí es raro! Exclamó K, saltando de la cama y poniéndose rápidamente los pantalones. Debo ver que clase de gente son estas que están en la habitación de al lado y que explicación me da la Sra Grubach sobre semejante proceder”.

Lo extraño invade la cotidianeidad de los personajes de Kafka, pero estos parecen ocuparse solamente de la reconstitución de “la realidad” y del cumplimiento de los deberes y el acatamiento a las diversas formas de poder (del empleador, en el caso de Gregorio Samsa).

Los personajes de Kafka conciben la existencia de una  normativa legítima (concurrir en hora al trabajo, recibir una prestación – el desayuno) pero soslayan la alteración de la rutina por circunstancias extraordinarias que se sitúan fuera de su control y más aún, en el plano de la legitimidad, ignoran que si una norma ha sido incumplida, ésta es la que protege  la intimidad de Gregorio y el Sr. K.

Como en “El Proceso”, la personificación del poder se hace presente en el hogar de Gregorio, y la interferencia del jefe provoca reacciones dispares en la familia, que van de la sumisión al temor, pero siempre desestimando cualquier sospecha de intromisión en la vida privada de las personas:

“A Gregorio le bastó oír la primera palabra pronunciada por el visitante para percatarse de quien era. Era el principal en persona. ¿Por qué estaría Gregorio condenado a trabajar en una casa en la cual la más mínima ausencia despertaba inmediatamente las más trágicas sospechas? ¿Es que los empleados, todos en general y cada uno en particular, no eran sino unos pillos”.

El padre de Gregorio intercede y pide a su hijo que reciba al principal en el dormitorio, lo cual supone el mayor quebrantamiento del derecho a la intimidad que pueda imaginarse, pero los personajes de Kafka obvian todo extrañamiento para dar apariencia de normalidad a lo que es arbitrario y extravagante:

Dice el padre:

“Gregorio ha venido el señor principal y pregunta porqué no te marchaste en el primer tren. No sabemos lo que debemos contestarle. Además, desea hablar personalmente contigo. Con que haz el favor de abrir la puerta”

Y remata el párrafo con este apunte esencial en boca del padre:

“El señor principal tendrá la bondad de disculpar el desorden del cuarto”.

Gregorio se exalta, no por encontrar que la propuesta del padre es inaceptable, sino por querer cumplir con la orden de retomar el trabajo:

“Señor principal – gritó Gregorio fuera de sí, olvidándose en su excitación  de todo lo demás – Voy inmediatamente, voy al momento. Una ligera indisposición, un desvanecimiento, me ha impedido levantarme. Estoy todavía acostado. Pero ya me siento completamente despejado. Ahora mismo me levanto. ¡Un momento de paciencia!  Aún no me encuentro tan bien como creía. Pero ya estoy mejor. No se comprende como le pueden suceder a uno estas cosas. Ayer de tarde estaba yo tan bien”.

La locución de Gregorio no se entiende: se confunde en una serie de chillidos. El jefe se muestra inflexible: “¿no será que se hace el loco?”.

Cuando finalmente se abre la puerta del cuarto y aparece la figura animal de Gregorio, se produce una crisis nerviosa de su madre y el principal se precipita hacia la escalera con un rictus de asco en el rostro. Gregorio le persigue para explicarle la situación y darle seguridades de su intención de concurrir al trabajo.

Las patitas, apoyadas en el suelo, le obedecían perfectamente, y “lo notó con natural alegría y vio que se esforzaban en llevarle allí donde él deseaba ir, dándole la sensación de haber llegado al cabo de su sufrimiento”. Concomitantemente, “comprendió que no debía de ningún modo dejar marchar al principal en ese estado de ánimo, pues si no su puesto en el almacén estaba seriamente amenazado”.

En Kafka el poder del empleador penetra todos los intersticios de la vida privada y prevalece sobre cualquier otra consideración de la realidad de Gregorio, aún cuando se trate de una conversión absurda e irreal en un insecto. El personaje, un insecto, no renuncia al deber y  siente en su recinto más privado la presencia de la autoridad del patrón que es percibida como un hecho natural dentro de las condiciones en que se desarrolla la acción.

En este punto, la conversión en insecto del trabajador  puede verse (en una interpretación arriesgada y quizá improcedente) como una metáfora de la deshumanización e indignidad inducida por el abuso y la exorbitancia del poder del empleador.

 
El Escribiente de Melville: la pérdida de sentido del poder

Herman Melville nació y murió en Nueva York (1819 – 1891). Publicó Bartleby, el escribiente, como parte de un volumen aparecido en 1856, aunque se dice que había visto ya la luz de forma anónima en 1853. Su obra principal es Moby Dick, pero con Bartleby resulta más experimental y preanuncia el absurdo que influirá en Kafka, quien a su vez, al decir de J.L. Borges arrojará una “luz ulterior sobre la obra de Melville”. En un prólogo a Bartleby, el mismo Borges dirá que el “idioma tranquilo y hasta jocoso” del cuento es aplicado a “una materia atroz” pareciendo de esa manera prefigurar a Franz Kafka.

La anécdota es sencilla,  y en su inicio  el narrador, en primera persona, se presenta como responsable de un despacho de abogado:

“Soy un hombre más bien mayor. La naturaleza de mis actividades en los últimos treinta años me ha puesto en contacto más que ordinario con lo que parecería ser un interesante y algo singular círculo de hombres, de quienes, hasta ahora, nada que yo sepa se ha escrito jamás; me refiero a los copistas jurídicos o escribientes”.

De inmediato el narrador renuncia a todas las biografías que pudieran hacerse sobre los escribientes a cambio de algunos pasajes de la vida de Bartleby, el “mas extraño que yo haya visto o del que haya oído hablar” y el hecho que exista tan poco material para una bibliografía plena y satisfactoria “es una pérdida irreparable para la literatura”.

Este guiño a la literatura dentro de la literatura da paso a una descripción del entorno de trabajo mediante unos trazos breves del personal que trabaja en el estudio. Todos los empleados presentan  alguna particularidad, pero nada hace sospechar lo extraordinario que está por pasar.

La aparición de Bartleby en escena es en respuesta a un aviso puesto por el abogado y se presenta “pálido, pulcro, lastimosamente respetable” y “tras unas pocas palabras en lo tocante a sus aptitudes” es contratado, ubicándosele en un escritorio contiguo al abogado-jefe, separado por unas puertas libro de vidrio esmerilado del resto de los copitas del estudio jurídico.

En el apacible ambiente laboral irrumpe lo extraño del comportamiento de Bartleby que terminará alterando el orden cotidiano. Melville lo describe de esta manera:

“fue al tercer día, pienso, de que estaba él conmigo, y antes que surgiera alguna necesidad de examinar sus escritos, que, urgido por completar un trabajito que tenía entre manos, llamé abruptamente a Bartleby. En la prisa y la natural expectativa de un acatamiento inmediato, me hallaba sentado con la cabeza inclinada sobre el original apoyado en el escritorio y la mano derecha al costado, algo nerviosamente extendida con la copia, de modo que, al instante de surgir de su retiro, Bartleby pudiera agarrarla y ponerse a trabajar sin la más mínima demora.

En esa mismísima actitud me hallaba sentado cuando lo llamé, indicándole rápido lo que se requería que hiciera, esto es, examinar conmigo un papelito. Imaginen mi sorpresa, más aún, mi consternación, cuando, sin moverse de su lugar privado, Bartleby, con una voz singularmente mansa y firme, contestó: “preferiría no hacerlo”. Me quedé un rato en perfecto silencio, recobrando mis aturdidas facultades (…) repetí mi petición en el tono más claro que pude adoptar, pero con uno igual de claro llegó la contestación anterior: “preferiría no hacerlo.

-       Preferiría no hacerlo – repetí como un eco, levantándome con gran excitación y cruzando la sala a zancadas - ¿Qué quiere decir con esto? ¿Es lunático usted?: quiero que me ayude a confrontar esta hoja, tómela – y se la tendí hacia él.

-       Preferiría no hacerlo, dijo”.

La fórmula lingüística es enigmática, ya que no comporta afirmación ni negación alguna; no hay una elección de por medio: “preferir” no es optar ni es asignar un sentido a algo, por lo cual Bartleby se sitúa por fuera del ambiente de trabajo y del ambiente social por extensión, haciendo imposible todo intercambio e interacción.

Si Gregorio Samsa despertará convertido en un insecto, Bartleby más bien parece transmutarse en un objeto más de la oficina del jurista: la cosificación obedece a una forma de ver, a una mirada con la cual Melville observa la realidad.

Lo inofensivo de Bartleby contrasta con su indeclinable decisión de ponerse al margen del proceso de trabajo mediante una economía comunicacional tan lacónica como inexpresiva: “preferiría no hacerlo”. A diferencia de Akaky y sobretodo de Gregorio Samsa, no tenemos la versión propia de Bartleby sobre sus juicios acerca de las relaciones humanas, el trabajo o las peripecias que debe transitar.

El poder de dirección del empleador parece no rozarle, y en este caso lo que aparece en evidencia es la perplejidad que provoca en la autoridad el tipo de “resistencia pasiva” que emplea Bartelby.

El problema para la autoridad es que Bartleby no es un revolucionario ni un agitador social ni un rebelde, situaciones todas en las cuales la autoridad del empleador encuentra una resistencia esperable y respecto de la cual existe una cultura y unos modos de contraponerse. El mismo jefe confiesa que si la respuesta no se diera con esta especie de serenidad respetuosa que emplea Bartleby, lo hubiera despedido de inmediato.

Bartleby con su fórmula  rompe con los comportamientos esperables, ya que una orden del empleador admite solo posiciones binarias: puede ser acatada o desconocida, y en este caso las consecuencias ulteriores son previsibles. Sin embargo, Bartleby clausura toda comunicación aún la del conflicto y la confrontación, y con ello rompe con un elemento central de la diferencia en el marco de las relaciones laborales: no reconoce a su contraparte.

En este sentido, lo extraño, lo raro, surge no de la desobediencia (individual o colectiva) del trabajador a una orden dictada por el empleador, sino de un punto de vista mucho más radical a tal grado de situarse por fuera de toda pertenencia al  mundo del trabajo. La preferencia por no hacer lo que le mandan es la negación del reconocimiento de la contraparte como elemento básico de la representación de los intereses en juego en el mundo del trabajo.

La ausencia de significados  en la conducta de Bartleby quiebra la cadena de sentidos en la relación de subordinación: no está previsto que alguien deje de afirmar o negar, deje de comunicarse y de esa manera debilite el poder del empleador, que hubiere esperado un comportamiento más definido de parte del trabajador, y en ese sentido sería preferible la simple resistencia o negación a cumplir que la mera dicción de una preferencia.

El poder no puede  operar sobre la falta de sentido; queda sin el sustento dialéctico – pero sustento al fin – que significa la resistencia del trabajador a las órdenes impartidas.

Como en la dialéctica del amo y del esclavo, el amo depende del esclavo para revivificar su poder; la pérdida de sentido del ejercicio del poder lo deja como suspendido en el espacio, sin una materialidad sobre la cual aplicarse.

 



[1] J.L. Borges plantea sin embargo que Max Brod acató la voluntad secreta del muerto: “si éste hubiera  querido  destruir su obra, lo habría hecho personalmente; encargó a otros que lo hicieran para desligarse de una responsabilidad, no para que ejecutaran su orden”. Agrega que “Kafka hubiera querido escribir una obra venturosa y serena, no la uniforme serie de pesadillas que su sinceridad le dictó”.  Ver Prólogos con un Prólogo de Prólogos. Biblioteca Borges. Alianza Editorial, 2002

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