miércoles, 7 de diciembre de 2011

Editorial diario La Republica 7.12.2011

editorial

Los sonidos del silencio


Hugo Barreto
Antes que termine el año parece conveniente que alguien recuerde que se han cumplido treinta años de la publicación de la encíclica papal sobre el trabajo, la Laborem Exersens.
Pueden suponerse al menos dos explicaciones para esta llamativa desaprensión por el aniversario, lindantes entre el despiste y el interés: de una parte, las razones de quienes deberían haber recordado y no lo hicieron, y por otra parte, la de quienes hacen del silencio un juego estratégico.

En primer lugar, era de esperar que la Iglesia local diera alguna señal de recordación y de proyección de un documento de alto valor doctrinario en un tema tan central de la experiencia humana como es el trabajo. Era necesaria una palabra,  sobre todo si se sigue convencido de que, como dice la Encíclica, “el primer fundamento del valor del trabajo es el hombre mismo, su sujeto (…) es cierto que el hombre está destinado y llamado al trabajo; pero, ante todo, el trabajo está en función del hombre y no el hombre en función del trabajo”, lo que lleva a sostener que el objetivo del trabajo se mide “con el metro de la dignidad del sujeto mismo del trabajo”. Pero la jerarquía local permanece ceñida a una dimensión individualista y recelosa del quehacer social y económico como espacios de participación y construcción de bienestar.

Más esperable era el pétreo silencio de los partidarios del olvido, o sea, el de quienes pretenden soslayar toda mirada y todo compromiso social y hacer de la religión un cómplice mecanismo de subordinación y genuflexión. Es así del todo coherente que los dos principales representantes de la derecha política comulguen en la condena de los “excesos” sindicales y muestren una rusticana predisposición a emprender la cruzada del abatimiento de la edad de imputabilidad.

La estrategia del olvido tiene paradojalmente muy presente a la Encíclica cuando dice respecto al derecho de propiedad que “la tradición cristiana no ha sostenido nunca este derecho como absoluto e intocable. Al contrario, siempre lo ha entendido en el contexto más amplio del derecho común de todos a usar los bienes de la entera creación: el derecho a la propiedad privada como subordinado al derecho al uso común, al destino universal de los bienes”.

Y agrega, fundamentando la prioridad del trabajo humano sobre el capital: “el conjunto de medios es fruto del patrimonio histórico del trabajo humano. Todos los medios de producción, desde los más primitivos hasta los ultramodernos, han sido elaborados gradualmente por el hombre: por la experiencia y la inteligencia del hombre (…) así, todo lo que sirve al trabajo, todo lo que constituye –en el estado actual de la técnica– su instrumento, cada vez más perfeccionado, es fruto del trabajo”. Y culmina: “este gigantesco y poderoso instrumento –el conjunto de los medios de producción, que son considerados, en un cierto sentido, como sinónimos del capital– han nacido del trabajo y lleva consigo las señales del trabajo humano”.

Juan Pablo II fue criticado por ciertas concepciones conservadoras que puso de manifiesto durante su pontificado. ¿Pero vamos a caer en la tilinguería de sostener que debe abolirse toda tradición? Bienvenidas estas referencias a la tradición y a la conservación de las doctrinas sobre el  trabajo humano y el destino común de los bienes, viejos y saludables pilares del pensamiento social como basamento desde el cual operar en la transformación social.

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