martes, 26 de septiembre de 2017

La lectura de libros y la lectura digital: distinciones, continuidades y rupturas (fragmentos de una entrevista de La Diaria a Roger Chartier)

El papel del lector ante la “superabundancia textual”,  los riesgos de falsificación y la lectura de fragmentos y citas en lugar de la totalidad de la obra de un autor (y cómo ello puede afectar la comprensión), son algunos de los temas que trata esta transcripción parcial de la entrevista que Alvez Francese hiciera al intelectual francés durante su reciente visita a Montevideo.

(...)

Otro asunto tiene que ver con el mundo digital, cuyo uso cotidiano es ya universal. Esto hace que la noción misma de libro pueda desaparecer; no sólo se trataría de una desaparición en tanto objeto, sino también en tanto discurso, porque lo digital es un mundo de lectura segmentada. Ese peligro no parece extremo, porque en el mercado del libro, el impreso mantiene 95% de las ventas salvo en Estados Unidos, pero el problema es saber si la gente todavía lee de aquella manera. Los que leen así prefieren la forma tradicional, pero hay una competencia en la enseñanza con otras formas de discurso que, incluso si fueron pensados como obras unitarias, son apropiados como una serie de citas, de partes desvinculadas, en las que se pierde la relación entre el fragmento y la totalidad.

De esta manera, hay una incertidumbre en cuanto al tipo mismo de cultura textual, que podría conducir incluso a una dificultad de comprensión –y tal vez de producción– de un discurso que suponga una organización, una arquitectura en la cual cada parte, capítulo, párrafo, desempeñe un papel específico. Sin embargo, la responsabilidad no es sólo del mundo digital, porque el uso de apuntes, de extractos, fue siempre una práctica universitaria, pero se reforzó porque en lo digital hay una inmediatez del fragmento, ya sea en la escritura de por sí fragmentada, como los tuits, los sms o a veces los mails, o esa tendencia a imponer una estructura de fragmentos autonomizados, que implica el riesgo de perder la comprensión de la obra como tal. Este es un elemento, si no de crisis, de incertidumbre o de inquietud.

También se da la simultaneidad de varias lecturas...

–Absolutamente. Sin embargo, esto tampoco nació con el mundo digital. En el Renacimiento, en el tiempo del humanismo, una técnica de lectura dominante era justamente la de extraer del texto fragmentos para reutilizarlos y, a su vez, gran parte de los libros impresos eran antologías. La gran diferencia es que en esos casos la totalidad de la obra se da a ver, si no a leer, a través de su forma de inscripción en el libro. De este modo, nadie está obligado a leer todas las páginas, pero la forma material dada al discurso impone la percepción inmediata de la totalidad; si se extrae un pasaje, se sabe de dónde se extrae y a qué momento pertenece.

¿Se puede dar, en el mundo digital, lo que decía Michel Foucault acerca de la muerte del autor?

–Puede ser, pero tal vez no ahora, porque lo interesante del mundo digital es que intenta conservar todas las categorías y criterios del mundo impreso, prácticamente las mismas desde el siglo XVIII (copyright, propiedad intelectual, derechos de autor), para estabilidad de la obra y singularidad de la escritura. En ese sentido hay una continuidad.

Pero, evidentemente, el mundo digital puede prometer otras perspectivas en las cuales los textos sean abiertos, móviles, maleables, y, en este sentido, la escritura sería un proceso colectivo y desaparecería la idea de propiedad literaria. Hay experiencias muy marginales de estas nuevas posibilidades de la técnica digital, pero por ahora lo digital es muchas veces mera digitalización de un libro que ha existido, de un documento escrito. La edición digital quiere ser algo idéntico a la impresa, con las mismas categorías: hay autores, editores, derechos, un acceso pago y, de alguna manera, se debe violentar el mundo digital para impedir que los textos puedan ser retransmitidos, copiados e impresos, y lograr que el lector no pueda entrar en el texto.

Fijar el texto digital es un poco ir contra su naturaleza, que es ser móvil, abierto. Hay ejemplos muy concretos, particularmente en las ciencias. Por un lado, la edición digital contiene todo lo que decía la impresa, y puede así mantener los precios extravagantes de las revistas científicas –el promedio de la suscripción anual a las de química es hoy de 5.000 dólares, pero llegan hasta 25.000–. Entonces, hay un mercado cautivo y de esta manera se ve que lo digital no es necesariamente equivalente a la democratización o a la circulación abierta, porque en este caso se mantiene la imposibilidad de transmitir el texto sin pagar, o sin que una institución haya pagado por sus miembros. Frente a esto, muchos científicos, particularmente de la biología y la matemática, quieren lo contrario, el acceso libre al resultado de las investigaciones, y les han impuesto a esas revistas que lo hagan posible, por lo menos algunos meses o años después de la publicación de los artículos, pero para la ciencia no es como para las humanidades: las cosas deben ser inmediatas, y por eso han creado una alternativa; hay varias “revistas” de open access.

¿Estamos, entonces, en un período híbrido?

–Sí, y eso es lo que hace difícil los diagnósticos, porque tenemos todavía tres culturas de lo escrito: la manuscrita, el mundo enorme de lo impreso y el mundo no menos enorme y aun más universal de lo digital. Digo más universal porque en el siglo XVIII no todos podían tener una imprenta, y hoy casi todos pueden tener alguna pantalla.

¿Cree que es un medio de democratización?

–En primer lugar, sí. La idea es que a partir de este momento hay una posibilidad del conocimiento y de la comunicación que se democratiza. Después de esto, hay que ver qué tipo de democratización es, porque también aumenta el acceso a errores y falsificaciones. Estos tienen una fuerza en el mundo digital que no tenían en el impreso, porque había una jerarquía de lo que se podía esperar en relación con el conocimiento. Algunas editoriales y autores le dan un peso de verdad a lo que publican cuando se trata de textos de conocimiento, mientras que las revistas de los quioscos no tienen exactamente los mismos criterios. Así, hay un orden que limita la circulación, por ejemplo, de las falsificaciones históricas.

En el mundo digital, todos los textos aparecen de la misma manera, todos son accesibles y, si el lector no está preparado, puede aceptar como verdaderos banales errores o, de modo más peligroso, falsificaciones de la historia. Así que también soy ambivalente en esto, aunque sociológicamente hay, sí, una democratización que, en un sentido, puede ser una forma de encarnación de la Ilustración del siglo XVIII. Kant decía que las luces son cuando cada individuo puede hacer un uso público y crítico de su razón, y hemos visto que hay un espacio público que se construye digitalmente y que más o menos corresponde a esa definición. Individuos que, como lectores y como escritores, intercambian opiniones, proyectos, intervenciones, en un espacio no limitado por la comunicación impresa, porque cada uno puede tener acceso a este espacio público, mientras que medios como los periódicos, los diarios y los libros tienen un filtro.

Sin embargo, por otro lado hay un peligro enorme de que se pierda la percepción de la relación entre tipo de discurso y tipo de conocimiento. El riesgo más grande es que el mundo digital es inmediato, no hay un aprendizaje particular, porque saber cómo funciona un aparato no es un aprendizaje de contenidos, sino de técnica. Por eso, el papel de la escuela, la biblioteca o los medios debe ser enseñar a la gente a viajar en este mundo de la superabundancia textual e iconográfica.

Un ejemplo de esto es cuando se manifiesta la dificultad de encontrar ciertas cosas en internet.

–Claro, porque los motores de búsqueda no son neutros. Se ha demostrado cómo Google distribuye el orden de las informaciones en relación con intereses económicos: durante mucho tiempo, cuando se buscaba Shoá u Holocausto, lo que aparecía en los primeros resultados era la propaganda negacionista.

¿Cómo afectan la lectura los distintos soportes físicos?

–Aquí debemos evitar, en general, dos perspectivas. Por una lado, la tradicional, que no se preocupa por el soporte. Según esta visión, la gente lee obras; la materialidad es ignorada, pero es fundamental. La novela del siglo XIX, en América o en Europa, se publicaba como folletines en los diarios o por entregas, y eso establecía relaciones de escritura y de lectura completamente diferentes. La misma obra podía recibir estructuras y sentidos totalmente distintos, porque la forma material importa, tanto en la concepción de la obra por su autor como en su apropiación por el lector. La otra perspectiva peligrosa es la de pensar que hay un determinismo absoluto de la forma, que el lector está completamente sometido a ella y no puede tener espacio de invención o de creación en la lectura. Entre estas dos figuras extremas, debemos comprender cómo el soporte afecta la lectura, cómo hace posibles algunas maneras de leer e imposibles otras.

Como decía, imponer una lectura de fragmentos aislados, autonomizados, a obras que nunca concibieron sus partes de esta manera es uno de los efectos de distorsión que se dan en el pasaje de una forma material de edición a otra. Más generalmente, pienso que la diferencia es que en el mundo de lo impreso la lógica de la lectura y de la búsqueda es de tipo espacial. La página es como un territorio, igual que la librería: toda la lógica es de contigüidad física, y esto permite encontrar lo que no se busca, por eso muchas veces se utiliza la metáfora del lector como viajero, nómade o peregrino. En la página del diario se pueden encontrar una columna, una reseña, un reportaje, un aviso publicitario, que están juntos pero no son homogéneos.

Por su parte, la lógica del mundo digital es por temas (tópicos, rúbricas, palabras claves) y establece un orden más horizontal, de la nomenclatura enciclopédica. El resultado es que uno encuentra mucho más rápidamente lo que busca, pero el contexto no es más físico, material, entre cosas que no tienen porqué estar temáticamente relacionadas. En una revista electrónica, un periódico electrónico o un sitio web de venta de libros impresos, el contexto se da entre artículos que pertenecen a varias fuentes pero que tratan el mismo asunto, mientras que en el mundo impreso el contexto se da en la proximidad entre artículos sobre varios temas.

La lógica temática profundiza; la espacial es más de la variedad, en cierto sentido. La lección, en todo caso, es que no hay equivalencia. Lo que nuestros discursos deberían sugerir es el mantenimiento de esa coexistencia de la que hablaba, mientras que la tendencia –o más que la tendencia– es considerar que hay equivalencia y sustituir. Hay diarios que han desaparecido en su forma impresa y las librerías en Europa tienen grandes dificultades, en parte creadas por la presencia de la venta online.

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